Obama no lo ve claro. El presidente de Estados Unidos sabe que la cita electoral para renovar el Congreso y un tercio del Senado está más que cerca (noviembre es el mes), y teme el descalabro ante el bajo perfil de sus reformas y su propia popularidad, que en las últimas semanas ha caído a niveles cercanos al 45%.
Como ya lo hiciera con el cuasi interminable proceso de reforma sanitaria, Barack Obama intenta dar un nuevo golpe de efecto, en este caso con la reforma inmigratoria como arma arrojadiza hacia los republicanos. Probablemente sabe que no logrará sacarla adelante antes de las elecciones, pero bueno es colocar al partido de la oposición en la picota de la responsabilidad a la hora de justificar a los ciudadanos, sobre todo a los hispanos, el constante aplazamiento de esta reforma. Esto, en un país con 11 millones de inmigrantes indocumentados, puede minar sin duda la carrera política del mejor político del país.
Y si hablamos de presidentes norteamericanos, cabe decir que Obama no está considerado ni el mejor, ni el segundo mejor. Es más, ni siquiera aparece en el top-10 de los presidentes mejor valorados por América (el país, no el continente). La última encuesta del Siena College a más de doscientos estudiantes universitarios refleja el absoluto dominio de Franklin Roosvelt, Teddy Roosvelt, Abraham Lincoln, George Washington y Richard Jefferson, que ocupan el top-5, frente al puesto número 15 de Obama. No está mal si tenemos en cuenta que se queda a tan sólo dos lugares de Bill Clinton y supera en tres puestos a Ronald Reagan en este ranking que se viene realizando desde el año 1982 para testar la imagen de los 43 presidentes que han tenido en su corta historia los Estados Unidos.
A destacar, por ejemplo, la buena nota que obtiene el actual mandatario en aspectos como las habilidades comunicativas (el séptimo en ese ranking particular) o la imaginación (octavo), así como la constatación de un “via crucis” que soporta Obama desde su elección en 2008: su origen y su falta de experiencia (puesto número 32 para él). Y, ¿qué hay de George W. Bush? A tenor de los resultados de la encuesta, los jóvenes estadounidenses lo consideran un auténtico estúpido (penúltimo lugar en nivel de inteligencia) y un nefasto gestor económico (repite en el 42). Si hace ocho años ocupaba una posición media en el pelotón de presidentes, en 2010 queda relegado al furgón de cola: puesto 39 (de 43) para él. Su legado continúa reciente, pues, en la mente de los ciudadanos.